Ni las crisis sanitarias como la que vive actualmente el mundo como consecuencia del COVID-19 frena la actividad terrorista. Al contrario. Los malos tiempos son una nueva oportunidad para obtener dinero, sobre todo en el ciberespacio, que financie sus ataques. Ello unido a la fácil propagación de su propaganda gracias a Internet mediante la difusión de material orientado a la radicalización y el extremismo violento.

Ya sea liderada por grupos que perpetran ataques en solitario o en colaboración, lo cierto es que toda actividad terrorista necesita financiación para lograr sus cometidos.

El proceso de financiación del terrorismo comprende cuatro fases: la recaudación de fondos de diversas procedencias para apoyar a la organización terrorista; depósito de los fondos mientras se planifica su uso; transferencia de los fondos en la forma y momento en que se necesite; uso del dinero según sea necesario para promover los objetivos de la organización terrorista.

Los medios habituales de recaudación

El apoyo financiero para el terrorismo suele proceder de tres fuentes principalmente: las donaciones directas; el uso de organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro; y la actividad delictiva.

En el caso de las donaciones directas se trata de fondos legítimos aportados por personas físicas y jurídicas y, en algunos casos, otros países. Este tipo de fuentes abarcan sueldos, prestaciones sociales, donaciones personales y beneficios empresariales. Las personas físicas suelen aportar fondos procedentes de sus fuentes de ingresos o de su entorno pero también es posible que hagan llamamientos para la recaudación tanto a través de Internet como de sus vecindarios o lugares de culto. Estos últimos a pequeña escala.

Los donantes pueden conocer o no el objetivo último al que se destinará este dinero.

El Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) constata que si bien la mayoría de las organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro son legítimas y llevan a cabo una labor importante, este sector puede ser particularmente vulnerable al uso indebido para fines de financiación del terrorismo.

Y es que estas organizaciones orientados a apoyar a las personas más vulnerables resultan muy atractivas para quienes financian el terrorismo porque tienen capacidad para conseguir fondos de una amplia gama de posibles donantes entre su público debido al alcance emocional de ayudar a los que sufren. También muchos gobiernos alientan a hacer este tipo de donaciones por las deducciones fiscales que suponen.

Si las organizaciones benéficas también manejan efectivo, es más difícil rastrear la asignación, el movimiento y el uso de los fondos. Hay que tener en cuenta que muchas ONG tienen presencia en todo el mundo y trabajan en zonas de conflicto donde es posible que operen grupos terroristas.

Asimismo, las donaciones también pueden proceder de la actividad delictiva puesto que algunas organizaciones terroristas cuentan con redes independientes propias para este fin.

El tráfico de drogas, el fraude y la ciberdelincuencia son las actividades ilícitas más habituales relacionadas con la financiación del terrorismo. En el caso de combatientes extranjeros y extremistas violentos autóctonos, se han detectado tipologías como el abuso de programas públicos de asistencia y prestaciones sociales y la creación de reembolsos ficticios.

Normalmente, estos productos de origen delictivo se blanquean antes de destinarlos a objetivos de financiación del terrorismo. Otras veces las organizaciones terroristas que ocupan grandes zonas confiscan los activos financieros públicos y los recursos no monetarios del territorio que está bajo su control como antigüedades, crudo, gas natural, minerales o piedras y metales preciosos. Estos recursos se venden en el mercado negro para disponer de cash en el día a día de la organización terrorista.

El depósito de fondos y la transferencia

Además de disponer de grandes cantidades de dinero en efectivo, los terroristas depositarán los fondos captados a través de cuentas bancarias; tarjetas de prepago; productos básicos de gran valor, como petróleo, obras de arte o antigüedades, productos agrícolas, piedras y metales preciosos, y vehículos usados de alta gama o todoterrenos; así como criptomonedas.

Entre los mecanismos conocidos para la transferencia se incluyen el sector bancario y financiero; el de las remesas, como, por ejemplo, una empresa de servicios monetarios autorizados; sistemas informales de transferencia tipo hawala y agencias de cambio; contrabando de grandes sumas de dinero en efectivo y de los productos ya mencionados; y también los activos virtuales.

En qué usan el dinero

Las organizaciones terroristas usarán el dinero en armas y otro material incluidos los equipos de comunicaciones, pero también en fines administrativos y gastos generales, medios de comunicación y mensajería, captación, adiestramiento y pago de sobornos, apoyo financiero personal y familiar, transporte, o vivienda.

Hay que contar también con que necesitarán fondos para la planificación y preparación de misiones para perpetrar actos terroristas.

Por su parte, los combatientes extranjeros deben tener cubiertos los viajes y, como consecuencia, gastos de pasaporte o visado, así como los equipos de supervivencia, armas y adiestramiento de combate.

Los agentes solitarios y pequeñas células terroristas tienen que cubrir el gasto de armas y materiales, vehículos (comprados o alquilados), recursos financieros mínimos para abastecerse de alimentos, alojamiento, dispositivos de comunicación y transporte.

Algunos de estos usos son gastos tan cotidianos que resulta difícil relacionarlos con el terrorismo.