Todo empezaba un 10 de enero de 1999 en Estados Unidos, fecha de estreno del que sería el primero de un total de 86 capítulos y seis temporadas. Se iniciaba Los Soprano, una serie de culto.

El escenario, New Jersey, y el protagonista, un inconmensurable James Gandolfini como Tony Soprano, un mafioso con vida aparentemente corriente que también necesita ir al psiquiatra para aliviar sus problemas emocionales.

Inspirada en la familia criminal DeCavalcante, esta mítica serie de género sitúa las relaciones de negocio del mafioso Soprano y los suyos con la extorsión, la prostitución o el juego.

En este contexto de trabajo criminal, la otra cara de su actividad laboral es la gestión de residuos y la construcción, entre otros sectores. Son empresas legales a modo de escaparate con las que esta familia obtiene beneficios justificables y puede blanquear, además, parte de sus activos.

A lo largo de la serie, Tony hace diferentes intentos como inversor y se muestra muy interesado por pequeñas compañías, para blanquear dinero.

De forma paralela, como no encuentra nuevos mecanismos con los que blanquear sus ingresos procedentes de la actividad criminal, maneja grandes cantidades de dinero en efectivo que, además, tiene cerca y controlado. Y es que cree que, en caso de emergencia, lo que podrá salvarle será un puñado de billetes metidos en bolsas.

Por su parte, la mujer de Tony, Carmela, recuerda mucho a algún que otro personaje real de nuestra actualidad, ya que aunque es plenamente consciente del origen de los fondos que le permiten llevar su vida de lujo, hace la vista gorda de estas actividades delictivas y hasta sirve de instrumento para blanquear en la medida que sitúa en el circuito legal dinero efectivo que usa en la compra de un terreno, por ejemplo.

Incluso el psiquiatra de Carmela, el Dr. Krakower (amigo de la doctora que trata a Tony), llega a la misma conclusión en uno de sus diálogos cuando le dice: “Nunca será capaz de sentirse bien consigo misma. Nunca será capaz de reprimir los sentimientos de culpabilidad y vergüenza mientras siga siendo su cómplice”.

Ella afirma: “Se equivoca en lo de cómplice. Sólo me aseguro de que tenga ropa limpia en el armario y comida en la mesa”.

A lo que el Dr. Krakower responde: “Entonces instrumentalizadora estaría más cerca de definir su trabajo que cómplice. Disculpeme”.